El eco del sistema en la entrevista: La doble escucha como resistencia clínica
El pasillo de los servicios sociales básicos suele ser un lugar ruidoso. No siempre por los pasos o las voces, sino por esa vibración invisible pero constante que genera la prisa institucional. Es el compás de los recursos que no llegan, las listas de espera que se dilatan y los indicadores cuantitativos que exigen ser rellenados. En medio de ese torbellino, entramos a la sala de entrevistas, cerramos la puerta y nos sentamos frente a una persona. Es ahí donde se libra la verdadera batalla por la soberanía de nuestra profesión.
A menudo, la intervención social se ve arrastrada por la lógica de la urgencia material. Ante el malestar y el dolor ajeno, el sistema inocula en el profesional una presión interna sutil: la tentación de acumular preguntas automáticas en la pantalla, de apresurar consejos rápidos o de despachar el encuentro con la prescripción de una prestación. Confundimos, casi sin darnos cuenta, la velocidad con la competencia. Creemos que resolver es intervenir.
Pero el buen trabajo social no acelera los procesos humanos; los acompaña. Y acompañar no es ignorar la emergencia habitacional o la falta de ingresos; es entender que la necesidad material no anula la necesidad de ser visto, escuchado y reconocido en la propia individualidad.
La burocratización del sufrimiento
Cuando un profesional siente la ansiedad de "cerrar el caso" antes de haber comprendido la historia que tiene enfrente, no está ante una falta de capacidad técnica individual. Está experimentando el eco del sistema operando a través de su propio cuerpo. Los protocolos y los baremos responden con frecuencia a una lógica administrativa que compite ferozmente con la lógica clínica. El tiempo de gestión le roba terreno al tiempo de intervención y de escucha.
Sostener la calma y la dignidad en ese espacio no puede depender del heroísmo o del desgaste emocional del trabajador social.
La doble escucha: Detener la máquina
El verdadero acto de resistencia clínica en el trabajo social contemporáneo comienza en lo que denominamos la doble escucha. Un ejercicio de sintonía simultánea que requiere habitar el presente con dos canales encendidos en tiempo real:
Hacia fuera: Escuchar el relato narrativo, las pausas, los silencios y las metáforas de la persona atendida, validando su sufrimiento sin la prisa de etiquetarlo.
Hacia dentro: Escuchar el propio self, monitorizando nuestra resonancia interna. Preguntarnos en silencio: «Esta urgencia que me empuja a dar una respuesta ya... ¿es una necesidad real de quien tengo enfrente o es mi propia ansiedad por cumplir con la exigencia del sistema?»
Pausar esa inercia automatizada dentro del despacho es un acto político. Al frenar el ruido institucional, nos permitimos regalar un territorio de calma.
La entrevista como experiencia emocional correctiva
Cuando logramos despejar el espacio intermedio entre profesional y usuario, ocurre la magia de la clínica social. El simple hecho de ser escuchado sin prisa, en un entorno donde el profesional contiene la incertidumbre en lugar de taparla con un trámite burocrático, tiene un poder transformador.
El tiempo pautado por la institución —esos treinta o cuarenta minutos de agenda— deja de ser un eslabón en una cadena de montaje y se convierte en el inicio de una experiencia emocional correctiva. La persona experimenta, quizás por primera vez en su itinerario institucional, que su dolor no es un expediente que despachar, sino una historia digna de ser habitada.
Habitar la incertidumbre
El desafío metodológico actual del Trabajo Social Clínico no es cómodo. Exige el rigor de integrar la finura de la práctica psicoterapéutica y relacional en las complejas y atropelladas realidades actuales. Significa negarse a que la escasez de recursos económicos dicte la profundidad del vínculo humano.
No somos meros gestores de la escasez; somos profesionales del vínculo. Y defender el espacio de la entrevista como un lugar sagrado de escucha y dignidad es, hoy más que nunca, nuestra mayor certeza y nuestra mejor trinchera.
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